(Bartimeo03) La Puerta De Ptolomeo

(Bartimeo03) La Puerta De Ptolomeo

Author:Jonathan Stroud
Language: es
Format: mobi
Tags: fantasy_alt_hist
Published: 2010-09-01T23:00:00+00:00


BARTIMEO

19

La incursión en el Ambassador se planeó con precisión militar y sumo cuidado. Diez minutos de discusiones en una cabina telefónica y listos, plan elaborado.

Dejamos al amo, atravesamos Londres al vuelo bajo la apariencia de estorninos y cruzamos el parque en el que hacía poco había sufrido el desagradable percance. El Palacio de Cristal, la pagoda, el lago de mal agüero... Todo tenía un brillo mate bajo las últimas luces de la tarde. La mayoría de las farolas estaban apagadas y no se veía por ninguna parte a la gente que solía pasear por allí, aunque grupillos de plebeyos iban de aquí para allá por los parterres, sin rumbo fijo. Vi cordones policiales, ajetreados diablillos, una actividad poco habitual... Al final, nos encontramos sobrevolando las calles de Saint James y nos abatimos en círculos sobre el hotel.

Una chavola de primera categoría, un edificio alto de piedra ubicado entre embajadas y clubes de caballeros, un lugar sofisticado y discreto en el que diplomáticos extranjeros y principitos aparcaban sus bártulos mientras visitaban la ciudad. No parecía un hotel que recibe con los brazos abiertos la invasión de cinco genios desharrapados, sobre todo si eran tan repugnantes como Hodge. Nos fijamos en las redes que relucían en las ventanas y en un tejido de finos nodos sobre las salidas de emergencia. El portero, despampanante con su traje de librea de color verde lima, tenía la mirada felina de alguien con lentillas. La prudencia se hacía imprescindible, no podíamos entrar por las buenas.

La cabina telefónica quedaba justo enfrente. Uno a uno, cinco estorninos se dejaron caer detrás. Una a una, cinco ratas saltaron al interior a través de un agujero. Mwamba usó la cola para barrer las colillas y dimos comienzo a nuestro solemne cónclave.

—Bien, tropa —me lancé alegremente—. Sugiero lo siguiente...

Una rata de un solo ojo levantó la pata en señal de protesta.

—Un momento, Bartimeo —me interrumpió—. ¿Se puede saber por qué de repente eres el cabecilla?

—¿Quieres que te lea la lista completa de mis aptitudes? Recuerda que tenemos que hacernos con Hopkins antes de que anochezca.

—Bartimeo, si la palabrería tuviera peso, te seguiríamos sin rechistar —intervino Cormocodran. Su potente voz retumbó por toda la cabina y las vibraciones me ondularon los bigotes—. Por desgracia, estás viejo, cansado y hecho una calamidad.

—Ya hemos oído las hazañas de esa todopoderosa rana —añadió Hodge, ahogando una risita— que tuvo que confiar en el amo para que la salvase y que fue desparramando su esencia por toda la ciudad.

—Él no tiene la culpa, ¿vale? —lo defendió Mwamba, compasiva.

De todas las ratas, ella era la más elegante y la más convincente. Ascobol tenía un solo ojo, una hilera de púas venenosas asomaba entre el pelo de Hodge, y Cormocodran, como siempre, era clavadito a un excusado de ladrillo. En cuanto a mí, mi esencia volvía a darme guerra: mis extremidades eran unos parches borrosos, aunque esperaba que fueran lo bastante pequeños para que nadie se diera cuenta.

—Tal vez no, pero es un estorbo en un encarguito como este —repuso Ascobol—.



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